Fracaso del nacionalismo catalán.

Poco más de 56.000 manifestantes son los que participaron en la marcha convocada por el bachiller Montilla en Barcelona para manifestarse contra el Tribunal Constitucional.

“Adén Espanta”, “Jo no acato”, sólo fueron algunas de las consignas lanzadas por los partidarios de Esquerra Republicana de Cataluña, mientras abundaban banderas independentistas y consignas antiespañolas.

1500 asociaciones, muchas de ellas subvencionadas por dinero de todos los ciudadanos pero que excluyen a todos aquellos que no comparten sus sesgadas ideologías, convocaron a una marcha que puede calificarse de un auténtico fracaso.

El nacionalismo catalán impregnado de sus propias mentiras históricas, de un antidemocrático expansionismo que niega la identidad histórica, cultural y lingüística de otras comunidades autónomas como la Valenciana, ha pretendido erigirse, una vez más, en la representación de todos los catalanes o de un mal denominado “pueblo catalán”.

Asumir la representación de un colectivo, llámese pueblo, nación, estado, raza, etc., es propio de todos los regímenes antidemocráticos de la historia. Los nacionalistas catalanes soñaron con superar los datos de la marcha de 1977, y su aspiración sólo quedó en un sueño.

La marcha del sábado ha sido un nuevo fracaso de esta dirigencia política. Un fracaso que debería sumarse a los que han tenido en cada convocatoria electoral independentista, o a sus burdos intentos por pretender un reconocimiento internacional que nunca llegarán a tener.

Este nacionalismo catalán ha fracasado en su última manifestación, al no convocar ni siquiera al 1 por ciento de todos los ciudadanos que habitan en Cataluña.

Y es que los ciudadanos  no son tontos, están asqueados de una clase política que gasta recursos públicos a cambio de una lanza jíbara, que abre embajadas en el exterior para colocar a los amiguetes con salarios de lujo, o que pretende imponer una lengua al conjunto de la sociedad, no sólo en el plano educativo y de la administración pública, sino, fundamentalmente, en el ámbito privado de la sociedad y en el de su esparcimiento, como lo han hecho con la ley del cine.

A esta clase política no le importan los ciudadanos de a pie que desean escolarizar a sus hijos en la lengua materna, o que desean rotular sus comercios como dicten sus propios deseos, o que ven cómo los mejores profesionales, desde hace años, han abandonado la universidad catalana; ni los ciudadanos que necesitan médicos y todo tipo de profesionales aunque tengan el “defecto” de no hablar en catalán.

Estos nacionalistas actúan peligrosamente de cara a los intereses de los ciudadanos y arremeten contra las libertades y garantías ciudadanas. Pretenden erigirse en guardianes de la sociedad y en sus censores, y no entienden cómo miles y miles de banderas españolas engalanaron los balcones de otros tantos miles de familias, porque, quien podría negarlo, no hay peor nacionalista que aquél que reniega de sus raíces “charnegas”, que oculta su pasado y sus orígenes o que, hasta ayer, consideraba inconstitucional un estatuto que, ahora, considera insuficiente.

Sin embargo, gracias a la complicidad socialista, continuarán usufructuando del resto de España y de sus recursos, hasta que la sociedad opte por decirles BASTA.

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