Y finalmente, el ratoncito – gorilesco se murió…. (basado en un cuento tradicional venezolano)

Dice un cuento tradicional venezolano que había una vez una cucaracha llamada Martínez, que la cucaracha se encontró una moneda, y como era muy presumida, se compró un lacito rosa. Una vez en el porche de su vivienda, salió muy arregladita y pasó un toro que le dijo; « ¿Te quieres casar conmigo?».

La cucaracha Martínez le preguntó: « ¿Y por las noches qué harás?

Y el toro respondió: «Mugir bajo la luna».

“Ay, qué miedo me vas a dar, contigo no me puedo casar!», contestó la cucarachita.

Más tarde, pasó un burro muy acicalado que también le propuso matrimonio y la cucaracha Martínez le hizo la mis­ma pregunta, a lo que el burro respondió: “rebuz­naría bajo las estrellas.

« ¡Ay, qué miedo me vas a dar, contigo no me puedo casar!», respondió la cucaracha.

Ya entrada la madrugada, pasó un simpático ratón, el Ratoncito Pérez, que también le propuso matri­monio, y, ante la pregunta de la cucarachita, el ratoncito le dijo que durante la noche se limitaría a rechinar los dientes.

Esta vez la boda se celebró.

Un día la cucarachita Martínez dejó al ratoncito Pérez al cuida­do de una barbacoa, el ratoncito, al abrir el horno, se tropezó y dentro se cayó. Aunque gritó con todas sus fuerzas, nadie le oyó. Y cuando la cucaracha volvió se encontró a su ma­rido casi quemado por completo.

El ratoncito Pérez fue trasladado con urgencia al hospital, y para salvarle la vida, cada uno de sus amigos le entregó una parte de su cuerpo: el gorila, parte de su torso; el toro, su rabo; el burro, sus ore­jas; la hiena su instinto; la mula, su inteligencia… y así fue cómo el Raton­cito Pérez se salvó y se transformó,

La cucarachita Martínez ya no le conocía, y no reconocía en ese nuevo ser a su simpático marido.

El ratoncito Pérez, con su cuerpo de gorila y su inteligencia de mula, apenas podía coordinar sus torpes movimientos, pero guiado por un instinto depravadamente asesino no dudó en causar la muerte de sus propios amigos para comerse sus restos, y utilizó sus largas orejas y su potente oído para escuchar que hablaban sus vecinos y, en caso de ser necesario, hacerlos desaparecer.

Porque el ratoncito ya no era aquél simpático ser del que se enamoró la cucarachita y que, junto a él, crió una familia, con muchas cucarachas y ratones. El ratoncito comenzó a dar encendidos discursos, a creerse el centro del universo, a rodearse de violentos gorilas para que le protegiesen y para que encerrasen en mazmorras a todo aquél que lo criticase, rodeándose de nuevos amigos, todos ellos criminales, terroristas, corruptos y aduladores de todo tipo de asesinos.

Un día, la cucarachita Martínez tuvo tanto miedo de su marido que abandonó su hogar, con tal mala suerte que el ratoncito Pérez la descubrió, la asesino y comió sus restos.

Pero como en este mundo nadie es eterno, la Providencia decidió liberar a los pobres amigos y vecinos del ratoncito gorilesco de su maldad, depravación y degeneración. Y, finalmente, la muerte se lo llevó.

Sin embargo, el problema fue que, pese a su desaparición, el ratoncito Pérez dejó muchas cucarachas, babosas y gorilas depravados como séquito de su paso por el mundo. Y que, ahora, los amables y simpáticos animalitos del bosque deberán olvidar al gorilesco ratón.

Aunque esto es un cuento, de origen venezolano, ninguna coincidencia o paralelismo podremos buscar en la realidad.

Los cuentos, cuentos son.

La realidad es mucho más compleja.

Lo cierto es que el ratoncito Pérez fue una basura y como tal desapareció.

Confiemos en que no se repita una experiencia como la de ese ratoncito gorilesco en el mundo y que todos los que quieran seguir su camino, desaparezcan como él.

Porque sólo así, las cucarachitas anónimas y el resto de los animalitos podrán vivir en paz y en armonía, sin miedo a ser violentados, desaparecidos o asesinados. Porque sólo en libertad los animalitos podrán ser felices. Y como decíamos ayer, este cuento se acabó y lo bueno es que el ratoncito gorilesco, finalmente, se murió.

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