Mentiras y Gordas de Montoro, Idiocia o Ignorancia de Pedro Sánchez y Corruptelas de las castas privilegiadas.

Hace apenas unos días, en el Congreso de los Diputados, asistimos a un debate lastimoso entre el nefasto Ministro de Hacienda, Cristobal Montoro, y el líder de la oposición, Pedro Sánchez. Durante su intervención el actual Secretario General del PSOE ha acusado al Ministro de fomentar un proyecto político basado en la desigualdad y en la mentira, al debatir sobre la totalidad de los Presupuestos Generales del Estado de 2015.

Para Sánchez la actual legislatura se encuentra fracasada y agotada y ha agregado que, con sus políticas, Montoro estaría echando raíces al desempleo, a la pobreza laboral y la exclusión social, criticando la subida de impuestos del ejecutivo de Rajoy y el dinero destinado al rescate financiero.

Pero, ¿por qué afirmamos que el debate ha sido lastimoso?

En primer lugar porque Pedro Sánchez, pese a ser “Profesor de Economía”, no sólo no ha sabido refutar las afirmaciones engañosas e inverosímiles de Montoro, sino que tampoco ha sabido que responder al Ministro cuando este le preguntó porque “niega la recuperación económica”, las “mejoras en exportaciones, inversión en bienes de equipo o formación de empresas”. El líder socialista (frágil, insustancial, demagogo) ha superado, para peor, a sus antecesores: José Luis Rodríguez Zapatero y Alfredo Pérez Rubalcaba pero, para su desgracia, no ha podido quitarse de encima el hecho de haber sido parte integrante de la bancada socialista, si de esa bancada de superdotados que, en 2010, respaldó la congelación de salarios de los pensionistas, la bajada de salario a los funcionarios públicos y que condujo a España a cifras record en paro, déficit público y descrédito.

En segundo lugar, porque el Ministro ha mentido y, a diferencia de Pedro Sánchez (que ha pecado de inconsistencia discursiva, pobreza intelectual y nulidad argumentativa), conociendo la ciencia económica y el análisis de la macroeconomía ha pretendido engañar a la opinión pública tomándonos por idiotas.

Desde que asumiera el Gobierno Mariano Rajoy, España ha pasado de estar endeudada desde unos 800 mil millones de euros (herencia de Zapatero, Rubalcaba, Moratinos, Aído y todos los que condujeron a España a la ruina) a poco más de 1.200 mil millones de euros, con un incremento constante de la deuda, semana a semana, de casi 5.000 millones de euros; cifra que condenará a esta generación de contribuyentes, a la de sus hijos y a la de sus nietos.

Las exportaciones, motor de la economía, según el oficialismo, en 2013, han caído en el mes de agosto en un 5,6%; el déficit exterior acumulado se ha duplicado en los primeros 8 meses del año, la adquisición de viviendas ha tornado a valores negativos, el consumo (que representa un 60% del PIB) ha empeorado significativamente, las inversiones (que representan un 20% del PIB) han retrocedido, descendiendo la adquisición de bienes de capital, de vehículos industriales, de máquinas herramientas, etc., al igual que la inversión en capital que representa el 45% de la inversión total.

En consonancia, el sector exterior español ha dejado de ser el “arma oculta” del crecimiento que pronosticaba Mariano Rajoy. Las exportaciones se han hundido, no tanto por la caída de las ventas al exterior, sino por el elevado desequilibrio de nuestro sector exterior, consecuencia del incremento abultado de las importaciones frente a un crecimiento casi imperceptible de las exportaciones. Considerando que Europa es la principal compradora de bienes y servicios de España y que todos esos países se encuentran en una situación de crecimiento apenas superior al 0%, cuando no en valores negativos, resulta comprensible el porqué de esa falta de incremento de las exportaciones.

Ese panorama, indicativo de lo que algunos denominan “tercera recesión”, ha dejado a la fabricación de dinero como única alternativa para impedir una nueva crisis. Y ello no ha hecho otra cosa que contribuir al endeudamiento español.

Pero sigamos hablando de cifras. Y concentrémonos un momento en el Producto Bruto Interno.

El producto interno bruto (PBI) es una magnitud macroeconómica que expresa el valor monetario de la producción de bienes y servicios de demanda final de un país (o una región) durante un período determinado de tiempo.

El PIB es una magnitud denominada de flujo pues contabiliza sólo los bienes y servicios producidos durante un período determinado. Ese significado de flujo o corriente se contrapone al de fondo o stock.

Para dar un ejemplo familiar, mientras los ingresos de una persona o del núcleo familiar son una corriente o flujo, pues se han obtenido en un período determinado (dimensión temporal); los fondos o stocks refieren a un punto determinado de ese período (por ejemplo, el patrimonio de la persona o familia al 15 de agosto de 2014)

El PIB mide sólo la producción final y no la denominada producción intermedia, para evitar así la doble contabilización. Al hacer referencia a bienes y servicios finales se quiere significar que no han de ser tenidos en cuenta aquellos bienes elaborados en el periodo para su utilización como materia prima para la fabricación de otros bienes y servicios. Por lo tanto, dentro de bienes y servicios finales se incluyen aquellos producidos en el periodo que, por su propia naturaleza, no se van a integrar en ningún otro proceso de producción, así como aquellos otros bienes que no han llegado a integrarse en el proceso productivo a final del ejercicio aunque estaban destinados a ello (las denominadas existencias finales).

Como el PBI es el valor total de la corriente o flujo de bienes y servicios finales y constituye un agregado o la suma total de numerosos componentes, las unidades de medida en que estos vienen expresados son heterogéneas (toneladas, metros, unidades, kilovatios hora, etc.), para obtener un valor total, es preciso transformarlos a términos homogéneos lo que se consigue dando valores monetarios a los distintos bienes y servicios. El Producto Interno es el resultado de una multiplicación en la que entran dos grandes factores: uno real, formado por las unidades físicas, bienes y servicios y el otro monetario integrado por sus precios. De allí que se afirme que un país aumentaría su PBI en un 10 por ciento sólo por haber crecido el nivel general de los precios en un 10%. Para evitar tales distorsiones, a efectos de comparativas interanuales, es que se recurre al PIB en términos reales al que no afectan las modificaciones en los precios ya que las unidades físicas se valoran siempre tomando como referencia los precios en un año base. Para hallar el PIB real, se divide el PIB nominal por un índice de precios conocido con el nombre de deflactor del PBI.

Mientras que el PBI nominal es el valor monetario de todos los bienes y servicios que produce un país o una economía a precios corrientes en el año en que los bienes son producidos (valor que no nos sirve en un contexto de deflación como el que atraviesa España), el PBI real es el valor monetario de todos los bienes y/o servicios producidos por un país o una economía valorados a precios constantes, es decir valorados según los precios del año que se toma como base o referencia en las comparaciones. Y, reiteremos, dicho cálculo se lleva a cabo mediante el deflactor del PBI, según el índice de inflación (o bien computando el valor de los bienes con independencia del año de producción mediante los precios de un cierto año de referencia).

Así pues, mientras Montoro se ha vanagloriado del crecimiento del PBI REAL, Pedro Sánchez ha omitido hablar del PBI a Precios de Mercado.

¿Por qué esto es importante?

Porque, cuando hablamos del Producto Bruto a Precios de Mercado (y no del Producto Bruto Real calculado a precios constantes), nos referimos a la determinado y que han resultado vendidos en España a un precio determinado, sea a 1 euro, 100 euros, 1000 euros o el valor al que efectivamente se ha vendido un bien o servicio.

Como anticipamos, hablar del Producto Bruto Real, con una situación de deflación como la que atraviesa España, no tiene mayor significado. (A ese Producto Bruto Real se refiere Montoro cuando estima que el crecimiento para el año 2014 será de un 0,9%)

Y como el deflactor del Productor Bruto Interno es, más o menos, de – 1,1% por tanto, el Producto Bruto a Precios de Mercado no sólo no ha crecido, sino que ha caído un 0,2%; lo cual evidencia las mentiras y gordas de Montoro; la idiocia o pobreza intelectual del líder del principal partido de la oposición y el engaño al que el Gobierno de Mariano Rajoy desea conducir a los ciudadanos.

Pero lo más grave es que, de acuerdo a los Presupuestos elaborados por Montoro para el año 2015, el Producto Bruto a Precios de Mercado crecerá un 2,7%, algo no sólo increíble sino una afirmación cuanto menos malévola.

Toda previsión actual para el cuarto trimestre del año será aún más negativa pues, pese a las mentiras y gordas del Ministro, los datos y tendencias de la realidad macroeconómica española son negativos así como el contexto europeo e internacional.

Y por ello, nada hace suponer, o creer que la economía española crecerá en los próximos meses. Dicha realidad ha sido obviada por el Ministro de Hacienda y por el principal líder de la oposición.

Además, no olvidemos que, gracias a que los tipos de interés (léase el precio del dinero) están a cero, España sigue endeudándose en casi 5.000 millones de euros por semana. Este endeudamiento sólo es posible gracias a la masiva e irresponsable impresión de billetes de 500 euros por parte del Banco Central Europeo y a la irresponsabilidad del Gobierno Nacional, de los Gobiernos de las 17 Comunidades Autónomas y a los titulares de miles de ayuntamientos, organismos y empresas del Estado que continúan gastando más de lo debido, hipotecando de este modo el futuro de varias generaciones.

Por tanto, el tercer trimestre del año 2014 no sólo no será bueno, sino que será mucho peor de lo que Rajoy, Montoro y su gobierno pronostican. Para ello es necesario conocer cuál será el deflactor del Producto Interior Bruto para no dejarnos engañar por precios ficticios (del Producto Bruto Real) y, de acuerdo con las previsiones, los pronósticos indicarían que el PBI a Precios de Mercado, finalmente, tendrá valores negativos.

En cuanto a la deuda pública, hemos de diferenciar entre la deuda computable (que no recoge la totalidad de la deuda, sino que recoge datos a efectos del déficit que considera Bruselas) y la deuda total (pasivos en circulación)

Mientras la deuda computable rondaría el billón de euros, la deuda total del Gobierno Nacional, Comunidades Autónomas y demás organismos de gobierno, alcanzaría los 1,4 billones de euros.

Pero comparemos períodos.

En el año 2010, la deuda pública (computable) alcanzó los 585.000 millones de euros (58% del PIB, en 2010) y la deuda total unos 166.000 millones más (que el Gobierno no contabilizaba), por lo que la deuda total (pasivos en circulación) superaba el 75% del PBI.

Desde ese año hasta el actual, la cantidad real de dinero que deben el conjunto de las administraciones públicas (nacional, autonómica, local, etc.), ha ido in crescendo, con el conocimiento y la complacencia de las autoridades europeas.

Montoro con sus mentiras y gordas ha obviado explicarnos que, aunque la Unión Europea ha impuesto a todos los países miembros una serie de criterios metodológicos homogéneos sobre las cuentas públicas para calcular el déficit y la deuda, ello excluye numerosas partidas conocidas como “flujos de caja” que, tarde o temprano, tendrán que ser abonadas por las administraciones vía recaudación de impuestos.

Esta doble contabilidad oficial ha permitido que el Gobierno y las administraciones oculten el agujero real de sus cuentas. Así, en el segundo trimestre de 2014, la deuda pública habría crecido en 16.763 millones de euros, situándose en 1.012.606 millones de euros, lo cual suponía un 96,30% del PBI español. Y alcanzaría, cerrado el último trimestre de 2014, la cifra de 1.200.000 millones de euros, superando o igualando el 100% del PBI.

Este estado de cosas ha de conducirnos a una reflexión: España no puede continuar endeudándose. Y no puede soportar un Estado con administración nacional, 17 comunidades autónomas y miles de ayuntamientos.

El estado de las autonomías nacido de la transición es el mayor fracaso que ha conducido a la crisis actual. Es un auténtico cáncer que, a fin de preservar la salud y las funciones vitales de España, ha de ser tratado y extirpado del tejido social.

Resulta imprescindible impulsar la existencia de un Estado unitario administrativamente descentralizado que reconozca e integre los hechos diferenciales culturales, lingüísticos, jurídico-forales e insulares característicos de la geografía nacional.

Suprimir las autonomías, los gobiernos y los parlamentos regionales, ha dejado de ser una mera declaración para constituir una auténtica necesidad si deseamos preservar la existencia misma, y el futuro, de esta Nación llamada ESPAÑA.

España no puede permitirse el régimen nacido de la transición y, por tanto, requiere un sólo Gobierno, un único poder ejecutivo, y un único parlamento – las Cortes Generales – con capacidad legislativa. Por tanto, sería función de las delegaciones del gobierno en los distintos territorios a los que cabría prestar los servicios que, hasta la fecha, han mal prestado las comunidades autónomas.

En este cambio resultaría fundamental reducir significativamente el número de Ayuntamientos, fusionando municipios y reduciendo el número de concejales.

Por tanto, si queremos poner fin a las mentiras y gordas de Montoro, a la idiocia argumental del principal partido de la oposición y a los desvaríos y cantos de sirena del populismo comunista, es imprescindible una reforma constitucional que modifique íntegramente el título VIII de la Carta Magna.

De lo contrario seguiremos asistiendo a las mentiras de unos, a la idiocia de otros, al populismo demagógico de terceros y a las corruptelas generalizadas de una partitocracia nacida de la transición, a la que deberíamos sumar los tejes y manejes espúreos de líderes sindicales – de Sindicatos ricos con trabajadores pobres – , de empresarios enriquecidos que no generan empleo y de ONGs y medios de información subvencionados, que nada han hecho ni harán por mejorar la salud moral, ni la economía ni por rescatar los valores morales que España y sus ciudadanos necesitan.

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