¿Por qué ni España ni la Unión Europea deberían aceptar la llegada masiva de refugiados sirios?

Resulta curioso que, ante los graves sucesos acontecidos en Siria y en Oriente Medio, la Unión Europea adopte como medida acoger a cientos de miles de “refugiados” procedentes de esas latitudes.

Y aún más curioso, o trágico, es que la Comisión Europea haya confirmado este miércoles pasado que España deberá acoger a 14.931 refugiados del total de 120.000 llegados a Grecia, Italia y Hungría, más del triple de lo que habían solicitado en el pasado mes de mayo.

Dicha cifra que la Comisión Europea exige a España es la tercera más alta de la UE, detrás de Alemania (31.443 refugiados) y Francia (24.031) y resulta de un cálculo basado en cuatro criterios: la población, el PBI, el desempleo y el esfuerzo previo que hubiesen realizado para acogerlos.

Pero, ¿Por qué la Comisión Europea no tiene en consideración el nivel de endeudamiento de España en relación a su PIB, o el nivel de paro de los jóvenes en España, o el número de españoles y ciudadanos comunitarios que han tenido que emigrar para conseguir empleo, o las carencias de colectivos que no tienen salarios dignos o asistencia social?

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La izquierda radical, y da lo mismo que hablemos de Podemos o del PSOE, exige al gobierno español que acoja a miles de personas “refugiadas”. Pero, naturalmente, no considera el elevado endeudamiento de la economía, ni los inconvenientes de todo tipo que el ingreso de esas personas podrían generar en las ciudades de España, ni el gasto que generarán con efecto en los presupuestos, ni los riesgos que tiene abrir las puertas a personas de tan diferente “cosmovisión cultural, ideológica y religiosa”.

Para esta izquierda irresponsable y tan propensa a aliarse a los peores regímenes, siempre liberticidas, como el iraní, el venezolano o los de Oriente Medio, se trata de “ABRIR EUROPA” a quien quiera entrar. Y ahora se aferran a la excusa de “dar hogares a los refugiados sirios”, cuando jamás se han preocupado por adoptar medidas que protejan a los cristianos perseguidos por el islamismo radical.

Pero, ¿por qué ni la izquierda radical ni los líderes europeos aceptaron, hace apenas dos años, la necesidad de intervenir militarmente en Siria ni nunca apoyaron una presencia militar y civil en territorios conflictivos donde gobernaban, o gobiernan, dictadores de todo tipo?

Si bien es cierto que la situación en Siria es extremadamente compleja y dramática, aún más cierto e irrefutable es que de esto no tienen la culpa los ciudadanos europeos.

Corria el año 1949 cuando, tras la Segunda Guerra Mundial, se firmó el Tratado del Atlántico Norte que dio nacimiento a la OTAN (North Atlantic Treaty Organization, NATO), es decir a una alianza militar intergubernamental tendiente a constituir un sistema de defensa colectiva por el cual los Estados miembros se comprometieron a defender a cualquiera de sus miembros al ser atacados por un estado extranjero.

Con sede en Bruselas, actualmente la OTAN está formada por 28 Estados miembros de la organización que se extiende por Norteamérica y Europa, siendo las últimas incorporaciones las de Albania y Croacia, en 2009.

En lo que respecta a la situación siria, originalmente la OTAN había apostado por un debilitamiento de Bashar al Asad – aliado de Rusia en Oriente Medio – lo cual unido a las caídas de Khadafi (Libia) y Mubarat (Egipto) le permitiría a Occidente controlar el Mediterráneo, generando un orden internacional más favorable a sus intereses.

Sin embargo, esto no resultó así pues los Hermanos Musulmanes triunfaron en Egipto y resultaron mucho peores que el régimen de Mubarat. Su violencia, extremismo y radicalismo no implicó que perdiesen el respaldo de los votantes, dada su “política” de asistencialismo social, unido a un férreo adoctrinamiento coránico en las madrazas de las mezquitas.

En Libia, muy lejos de la paz, ha continuado la guerra civil, hasta el extremo de que hoy el país se encuentra dividido entre quienes controlan la Sede del Parlamento y quienes controlan la Sede del Gobierno.

Y en Siria, entretanto, el Estado Islámico – que no olvidemos, es un grupo creado originalmente con respaldo de EEUU para contrarrestar la influencia de Hezbollah –controla actualmente una buena parte del territorio de ese país, y de Irak, con objetivos de expansión hacia otros países musulmanes y occidentales.

Hasta el presente, como reacción ante la violencia de Bashar al Asad, los habitantes sirios se trasladaban en busca de refugio a Irak, o a Jordania (país que se encuentra desbordado de “refugiados sirios”) e incluso a Turquía, país en que se encuentran ya miles de sirios.

Frente al drama humanitario de los sirios, Angela Merkel y su gobierno hbían anunciado que “acogerian a unos 500.000 refugiados por año, durante varios años”, sin embargo, el pasado domingo, a las 17 horas, Alemania bloqueó el tráfico ferroviario en su frontera con Austria. Y el Ministro del Interior, Thomas de Maiziere, anunció desde Berlin que Alemania reimplanté de forma temporal los controles fronterizos, por motivos de seguridad. Y otro tanto está por suceder en Hungría.

Ante este contexto, ni la izquierda radical, ni la derecha acomplejada, ni la Comisión Europea, se han atrevido a declarar que el principal responsable de tantos millones de desplazados, y de muertes, no es otro que el dirigente Bashar Al Asad. Y en este punto si Europa ha tenido una cuota de responsabilidad en el tema, pues, en lugar de enfrentar política y militarmente a Bashar Al Asad, impidiéndole masacrar y gasear a sus compatriotas, con su “abstención” favoreció la radicalización de la oposición siria y el crecimiento de los yihadistas suníes y del Frente Al Nusra, afiliado a Al Qaeda.

Aprovechando ese rechazo ciudadano a Asad, el Estado Islámico (que, al comienzo, era insignificante en Irak), comenzó a expandirse mediante el terror, imponiendo un “nuevo orden” brutal, criminal y totalitario, pero, un orden al fin. Por tanto, aunque los crímenes del Estado Islámico sean aberrantes y condenables, y exijan una respuesta militar contundente por parte de EEUU y Europa, lo urgente es frenar el éxodo poblacional sirio; y para ello hay que terminar con el régimen de Asad, auténtico criminal que ha sometido a su población mediante el uso de armas químicas, mediante el empleo de violaciones y torturas como arma de guerra, o por medio de hambrunas que han afectado a miles de personas. Dicho de otro modo, el principal obstáculo para resolver el problema sirio es el propio régimen de Damasco.

Por tanto, Europa no debe negociar con Asad, pues ello reforzaría la amenaza militar sobre Israel (única democracia de Oriente Medio), permitiría a Rusia que se fortaleciese en Oriente Medio, alentaría a los opositores de Al Asad a que se unan a Al Qaeda y al Estado Islámico, y radicalizaría aún más a la población musulmana generando más enemigos de Occidente.

¿Resolvería esto la situación en Siria? No. Porque aparte del problema de los refugiados sirios, Europa y Occidente se enfrentan a la amenaza de Teherán y de sus aliados internacionales y de sus “subvencionados locales”.

Y aunque Occidente logre neutralizar el peligro del régimen sirio, también debería combatir militarmente – y no sólo con bombardeos – al Estado Islámico en Siria. Pero, ello requeriría un enfrentamiento militar con el Estado Islámico en territorio iraki, a lo cual muchos países europeos parece que no desean contribuir.

Como si al mundo le faltase algo adicional, desde hace un tiempo, el Vaticano tiene un “Papa peronista”. Y el personaje, demagogo como su ideología, ha afirmado, el pasado domingo, que los católicos de todo el mundo tienen el deber moral de ayudar a los “refugiados”, pidiendo que cada monasterio, iglesia, santuario o parroquia acoja a una familia siria. Sin embargo, dentro de la propia Iglesia Católica Apostólica Romana, han comenzado a surgir voces críticas frente a la demagogia de este “monarca del lujo y de los privilegios”. Así, el Obispo húngaro Laszlo Kiss-Rigo, ha expresado (refiriéndose a estas personas) que “No son refugiados. Esto es una invasión”, alertando sobre lo que muchos observadores vienen advirtiendo: el peligro que representa para Occidente el ingreso masivo de estas personas, infiltradas por radicales yihadistas al grito de Allahu Akbar (Alá es grande).

Durante la pasada semana, en España, Mariano Rajoy y el PSOE, han acordado incrementar los fondos destinados a “acoger y proteger refugiados en España”, elevando el importe a 254 millones de euros la partida destinada a tal fin. Y muchos ayuntamientos españoles, con elevadas tasas de paro, problemas de corrupción y sobredimensionamiento del sector público y de los “enchufados políticamente” han anunciado medidas económicas, asistenciales y sociales para recibir refugiados en ciudades españolas.

Sin embargo, deberíamos realizar una serie de preguntas, a saber:
¿Por qué Europa, la Europa de los “infieles”, ha de ser la que admita a tantos miles de personas tan alejadas culturalmente de sus principios?

¿Por qué ni Qatar, ni Arabia Saudí, ni los Emiratos Árabes, ni las plutocracias musulmanas han admitido ni a un solo refugiado?

¿Por qué no podemos admitir que esta verdadera “invasión o aluvión de musulmanes” constituye una verdadera amenaza para la Europa cristiana y sus valores?

• ¿Por qué hemos de tolerar – todos los contribuyentes europeos – que gobernantes que no tienen ningún mandato expreso al respecto, decidan destinar el dinero de nuestros impuestos a “mantener económicamente” a extranjeros mientras, al mismo tiempo, no hay fondos para los enfermos de Alzheimer, ni para atender las necesidad de la Ley de Dependencia, o para darle un ingreso digno a los conciudadanos que, por la crisis de los últimos años, no tienen ingresos, vivienda o ayuda de ningún tipo?

Estas y muchas otras preguntas deberían ser respondidas por quienes, sin mandato de los ciudadanos, adoptan decisiones que comprometen seriamente nuestro futuro económico y la viabilidad de Europa como continente con valores occidentales, humanistas y cristianos.

Y no nos dejemos engañar con el canto de sirenas de la denominada “primavera árabe” que, como se ha comprobado, lejos de representar un levantamiento de las sociedades civiles en pos de democracia y progreso, ha derivado en un incremento del yihadismo y del radicalismo islámico.

En el caso sirio, tras desatarse el conflicto en el año 2010, ha recrudecido la violencia, comprobada en miles de torturas, asesinatos, fusilamientos, violaciones y otras crueldades cometidas por el gobierno de Bashar al – Asad, como por parte de los opositores, constituyendo uno de los peores conflictos del siglo XXI en esas latitudes.

Lamentablemente, Estados Unidos de Norteamérica, tiene quizás el peor presidente de toda su historia, un pusilánime analfabeto funcional que, entre otros errores, ordenó la retirada de las tropas de Estados Unidos de Irak, facilitando de ese modo el avance y crecimiento del Estado Islámico.

No olvidemos que el objetivo del Estado Islámico no es otro que un Estado califal en los territorios sirios y de Irak, con un califa Ibrahim (Al Baghdadi), a efectos de resucitar los imperios islamistas, incluyendo España, Marruecos, Pakistán y La India. De allí el peligro que representa para Europa este “aluvión o invasión”, al decir del Obispo húngaro Laszlo Kiss-Rigo y la irrupción, en sus territorios, de personas con una cosmovisión diametralmente diferente a la occidental.

Proveer de alojamiento, comida y básicos a un refugiado le cuesta a Berlín 2.000 euros al mes.
¿Puede España, con el paro que tiene su economía, darse el lujo de cargar este gasto público sobre sus sufridos contribuyentes?
Si Alemania desea hacerlo. Y lo consienten sus ciudadanos, que lo haga.Pero España no es Alemania. Y hay miles de españoles y ciudadanos legales comunitarios, y residentes legales, con necesidades de vivienda, ingresos, atención médica y cuidados sociales. Por tanto, ni España ni la Unión Europea deberían admitir el ingreso masivo de “refugiados sirios” pues esto constituiría un pésimo precedente de cara al futuro, más considerando que las dictaduras islamistas y el continente africano están tan próximos a Europa y que, de hacerlo, ello podría significar nuestro propio suicidio.

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