España sin gobierno: el fracaso de Mariano Rajoy

 

A pocos minutos de cerrado el escrutinio electoral de la jornada de hoy podemos afirmar – tal como preveíamos desde meses – que el gran derrotado de estas elecciones ha sido Mariano Rajoy Brey.

Una derrota sin atenuantes que ha tenido varios padres: Arriola, Soraya Sáenz de Santamaría, María Dolores de Cospedal, Montoro y el propio Rajoy.

Como el sistema electoral español requiere que, para formar gobierno, deba reunirse el apoyo de 176 escaños (mayoría absoluta), la coalición PSOE – Podemos estaría muy próxima a formar gobierno en la segunda votación pues, no olvidemos, tendrían seguramente el apoyo de Ezquerra Republicana de Cataluña y de Unidad Popular de Izquierda. Y no olvidemos que, cuando el inepto Zapatero fue investido en su segundo mandato, apenas había logrado reunir la suma de 169 escaños.

El PSOE buscará el poder e irá a hacerlo “a por todas”, empeñando su propia individualidad y sus principios para arrojarse en brazos de los radicales de izquierda, que aspiran a sumir a España en un régimen pseudo-revolucionario, demagógico y aislado internacionalmente.

Y de esto tiene la culpa Mariano Rajoy Brey, el político profesional más “viejo en política” de todos los candidatos (lleva 26 años en política), político que iniciara su carrera como legislador regional por Unidad Popular en 1981. Y cuya carrera política ha terminado hoy, tras sumir al centro derecha en el peor resultado electoral de la historia del Partido Popular y tras dilapidar, en apenas cuatro años, el mayor poder electoral que esa formación política supo conquistar

Sin embargo a Mariano Rajoy sólo le ha preocupado siempre una cosa: Mariano Rajoy; y ello le condujo a traicionar el programa electoral del Partido Popular que millones de ciudadanos respaldamos hace cuatro años, programa que prometía reducir impuestos, combatir la corrupción, defender la vida humana desde su concepción, despolitizar la justicia, garantizar la independencia del poder judicial, defender la unidad e integridad de España, asegurar la libertad de enseñanza y la protección del idioma español en aquellas comunidades autónomas o regiones donde había sido perseguido, reformar la ley electoral y reducir el gasto público.

Como a Rajoy nunca le preocupó nada más que él mismo, no sólo no le inmutó gobernar traicionando sus principios y programa electoral, sino que tampoco supo entender los sucesivos mensajes expresados por los ciudadanos en las elecciones europeas, autonómicas y municipales, elecciones que fueron mostrando cómo el poder absoluto de los populares comenzaba a desaparecer.

Y, en este sentido, lo cierto es que jamás un Presidente de Gobierno elegido por mayoría absoluta había logrado dilapidar, en tan poco tiempo, todo su capital electoral y político, ni sumir al centro derecha liberal (incluyendo a CIUDADANOS) en un momento tan peligroso para su devenir político y para el conjunto de la ciudadanía.

Ese fracaso de Mariano Rajoy Brey y de su equipo de asesores ha conducido al Partido Popular a no alcanzar un 29% de los sufragios y unos 122 escaños; cuando, en el año 2011, alcanzase los 186 escaños.

Escrutados ya un 98,69% de los votos, la gran derrota del centro derecha se ha encontrado con la gran derrota de la izquierda representada por el PSOE (partido que ha caído aún más que lo que ya había caído con el cadáver político llamado Rubacaba) y con el supuesto “ascenso” de la izquierda chequista, revolucionaria, antioccidental y antisistema.

Esta vieja izquierda comunista disfrazada en Podemos, y en otras formaciones como Barcelona En Comú, En marea, etc., pretende erigirse en el protagonista de un cambio irreal pues, para bien o para mal, los mal denominados partidos de la “casta” o del “sistema” (PP + PSOE) han sumado 211 escaños.

Tendremos que esperar los días venideros para poder valorar, en su justa medida, como quedará definitivamente conformado el panorama político español, pero, lo cierto, es que España ha quedado “dividida” en dos bloques antagónicos y en un clima de enfrentamiento político dialéctico que, confiemos, no se extienda a la propia sociedad civil.

A este resultado ha contribuido la pésima política comunicacional del Partido Popular, las nefastas recomendaciones y estrategias del tándem Arriola – Acebes y los apoyos brindados a Luis Bárcenas, además de su falta de contundencia ante los casos de corrupción que implicaron a varios de sus dirigentes.

Pedro Sánchez – a quien nada o casi nada importa el PSOE – hará lo imposible por lograr una mayoría que le permita echar del poder al centro derecha.

Y lo hará pactando hasta con el diablo, del mismo modo en que el PSOE ya lo hiciera en el pasado, entregándose en brazos del comunismo chequista más criminal, pactando con los nacionalistas antiespañoles e incluso con los partidos proetarras.

Y pese a que el PSOE ha logrado la peor elección de toda su historia, obteniendo un 22,03% de los votos y apenas 91 escaños, la fragmentación del panorama electoral español y la irrupción de una nueva fuerza política: Ciudadanos y de una vieja formación política comunista radical disfrazada en Podemos, esa fragmentación y esa irrupción podrían facilitarle a Pedro Sánchez el acceso a La Moncloa.

Si alguien debería sentirse derrotado no es otro que Albert Rivera, candidato de Ciudadanos, por una campaña errática y por no haber sabido, no haber podido, o no haber querido constituirse como líder de un gobierno nacional. Su fracaso se materializó en un apoyo de apenas el 13,93% de los votos y obteniendo 40 escaños.

Por último, Alberto Garzón, si, ese candidato para quien era más importante realizar un acto de campaña que asistir al funeral de Estado de los policías nacionales asesinados en un ataque terrorista la pasada semana, obtendría un 3,6% de los sufragios y 2 escaños, escaños que, junto a los de otras formaciones como Esquerra Republicana de Cataluña (9 escaños), Democracia y Libertad (8 escaños) etc., pueden ser decisivos a la hora de constituir la mayoría que permita formar gobierno.

Y aunque el centro derecha – representado por el PP y por Ciudadanos – haya obtenido 162 escaños y un 42,64% de los votos, la gran coalición PSOE – PODEMOS – ERC y otros posibles socios como Bildu, etc., darían una ligera ventaja del arco de centro izquierda en el futuro Congreso y la gran oportunidad de formar el futuro gobierno.

El PP ha sido el partido más votado, pero perdiendo un tercio de su electorado.

El PSOE ha hundido su suelo electoral, pero, ante la incompetencia y miopía política de Rajoy, tiene ante sí la oportunidad de volver a gobernar, en este caso, de la mano de la vieja izquierda comunista de Podemos y de otras formaciones extremistas que no dudarían en condicionar sus decisiones para llegar al poder.

¿Pero cómo será el procedimiento para escoger un Presidente del Gobierno?

El mismo está regulado en el art. 99 de la Constitución Nacional que estipula que el candidato propuesto por el Rey será investido presidente si obtiene la confianza de la mayoría absoluta de los diputados en primera votación o la mayoría simple –más votos a favor que en contra– en segunda convocatoria, 48 horas después. En caso de no lograr esa mayoría, el Rey podrá proponer a otros candidatos. Si pasados dos meses de la primera votación no se consiguiera la investidura, las Cortes quedarían disueltas y se convocarían nuevas elecciones generales.

Para ir concretando, diremos que el trámite se iniciará el próximo día 13 de enero, fecha en que el propio Congreso celebre su sesión de constitución con la jura o promesa de los diputados electos y se constituya la mesa del Congreso, hecho lo cual el Rey, previa consulta con los representantes designados por los partidos de la Cámara y a través del Presidente del Congreso, propondrá un candidato a la Presidencia del Gobierno.

En esta etapa – denominada consulta regiael Monarca reunirá información que le permita proponer un candidato a Presidente de Gobierno que tenga posibilidades de obtener la confianza del Congreso de los Diputados. Y para ello se realizarán audiencias especiales en las cuales los líderes políticos expondrán al Rey quien es su candidato idóneo y le expresarán su disponibilidad para formar coaliciones o apoyar a candidatos de otros partidos. Corresponderá al Presidente del Parlamento entregarle al Rey una lista de los grupos políticos con los que S.M debería consultar, intentando este último intermediar o negociar entre las distintas fuerzas políticas para intentar acercar posturas y que una propuesta obtenga el mayor respaldo posible.

En el peor de los casos, Felipe VI debería proponer al candidato que tuviera más posibilidades de alcanzar la mayoría simple. Además, debemos tener en cuenta que, si el primer candidato resulta rechazado, el Rey podría alargar el trámite de consultas para forzar la disolución de las Cortes y la convocatoria de nuevas elecciones.

Sin embargo, y a efectos de tranquilizar a los ciudadanos, diremos que la media de tiempo transcurrido entre que el presidente del Congreso comunica al Rey la constitución de la Cámara y le entrega la lista de consultas y la propuesta del candidato por parte del Monarca es de solo cinco días.

Una vez publicado en el Boletin de las Cortes el Real Decreto con la propuesta del candidato, con el refrendo del presidente del Congreso, se convocará el debate de investidura, momento en el cual el candidato a Presidente deberá presentar a la Cámara su programa político de Gobierno y solicitar formalmente su confianza.

La votación se hace pública por llamamiento.

Si en la primera votación, el candidato logra la mayoría absoluta, es nombrado presidente.

Si no alcanza la barrera de los 176 diputados, se celebra una nueva votación 48 horas después. En ella, basta con la mayoría simple para lograr la investidura.

Pero, si se fracasara en la segunda votación, algo que hasta ahora no ha sucedido, el Rey volvería a abrir un nuevo periodo de consultas a los partidos para designar a otro candidato. Tras la primera votación empieza a correr el plazo de dos meses para lograr la investidura antes de que se disuelvan las Cortes y se convoquen nuevas elecciones generales.

Por tanto, hecho el escrutinio de las elecciones de ayer, nos encontramos ante un resultado sin antecedentes en la democracia española desde 1977. Téngase en cuenta que, hasta la fecha, Adolfo Suárez había sido el ganador de unas elecciones que había conseguido menor apoyo popular, apenas un 34,84% de los votos.

Hoy, Mariano Rajoy Brey pretende postularse a continuar en La Moncloa con tan sólo el 28,71% de los votos.

Su derrota ha sido nuestra propia derrota, pues la misma ha sido el fruto de una serie de traiciones que Rajoy y su partido cometieron en perjuicio de una sociedad que le había encomendado resolver la crisis económica, defender la vida y la unidad política de España, reducir el gasto público y el tamaño de las administraciones, defender a las víctimas del terrorismo, ilegalizar a ETA y a sus franquicias políticas y despolitizar la justicia.

Pero la traición de Rajoy, que le ha hecho perder toda la mayoría absoluta del PP en apenas cuatro años, podría ser nuestra ruina, por al menos una legislatura, si es que las izquierdas antisistema se hacen con el poder nacional.

Este peligro fruto de esas traiciones previas es herencia de Mariano Rajoy Brey, el principal artífice de una derrota provocada por su incompetencia, por su dejadez y por su falta de principios.

¿Qué dirán en poco tiempo los votantes de centro derecha que no concurrieron a las urnas?

¿Serán conscientes del peligro al que nos han entregado por comodidad, vergüenza o simple olvido?

Rajoy ha fracasado contundentemente y debe dimitir hoy mismo.

El PP debe renacer de la vergüenza a la que lo condujo el maricomplejismo oficial y retomar las banderas que le hicieron grande, en términos electorales pero, principalmente, en términos políticos y de principios.

Y la clase política española, tan fragmentada electoralmente, debería asumir el desafío de buscar una mayoría constitucional que forme gobierno y de estabilidad a un país que necesita de ella para recuperar el camino del crecimiento y del bienestar.

De lo contrario nuestro futuro podría ser muy negro. Y esto ni Europa, ni España, ni Occidente se lo pueden permitir, pese a que los enemigos de la libertad se encuentren entre nosotros y, en algunos casos, dentro de nuestras instituciones.

 

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