VENEZUELA: LA GRAN PRISION LATINOAMERICANA

Navidad y Año nuevo son fechas de celebración familiar, de balance y de reconciliación.

Sin embargo, para la dictadura de Maduro y sus secuaces – herederos del régimen chavista asesorado, en su momento, por actuales dirigentes de Podemos – la represión, el aislamiento y las limitaciones a la libertad no tienen límites.

En las últimas horas, y habiendo tenido la posibilidad de compartir una cena con ciudadanos oriundos de esas latitudes, no he podido sino reflexionar acerca de los peligros que, para la libertad individual y social, tienen esos experimentos bolivarianos.

En Venezuela no sólo las tuberías de agua están vacías gran parte del día, no sólo no existen productos básicos de la canasta familiar en los comercios, sino que tampoco hay electricidad ni energía (en un país bendecido por yacimientos de petróleo y otras riquezas) y, lo que es aún más grave e inasumible para cualquier demócrata, es que el régimen chavista haya convertido a Venezuela en una prisión gigante en la que, hasta los más elementales afectos familiares son controlados, supervisados y manipulados por los esbirros del Estado.

¿No sería normal para cualquier ciudadano venezolano, radicado en España, poder comunicarse telefónicamente con su anciana madre y desearle una Feliz Navidad?

Naturalmente que sí, pero no es lo que entiende la checa de Maduro.

Cuando ese ciudadano logra comunicarse con su madre sólo tendrá unos 15 minutos para hablar pues, de modo casi planificado, la dictadura venezolana interrumpe las comunicaciones y ya es imposible retomar la conversación.

¿No sería “normal”, en cualquier país civilizado, que un nieto radicado en el exterior pudiese visitar a su anciana abuela que vive en Venezuela?

Naturalmente que sí, pero no para el régimen chequista de Maduro.

Desde que, en el pasado mes de setiembre, el monigote Nicolás Maduro decidiera cerrar la frontera de Colombia, decretando el estado de excepción y la movilización de miles de militares, millares de colombianos fueron deportados del país y millones de personas han quedado atrapados en esa cárcel gigante llamada Venezuela.

Esto ha provocado una crisis política de envergadura y un nuevo desafío para el Presidente colombiano, Juan Manuel Santos.

Venezuela ha optado por cerrar todas sus fronteras con Colombia, entre ellas el puente sobre el río Táchira, entre Cucuta y San Antonio, en este caso, aislando a una región con más de un millón de habitantes, con miles de parejas mixtas venezolanas – colombianas, con decenas de miles de hijos nacidos en uno u otro país, y con miles de personas que poseen documentación de ambos países.

A esos ciudadanos, casi iguales en lo que a historia, lengua, tradiciones y cultura se refiere, Maduro les ha prohibido comunicarse, contactarse o visitarse. Y, de ese modo, cuando un joven, en las postrimerías del año 2015, quiso visitar a su abuela – desde Colombia – le fué imposible hacerlo, pese a las vicisitudes que tuvo que soportar la anciana para acercarse a la frontera.

Entre ambos países la geografía es muy diversa, incluyendo desiertos, llanuras y selva amazónica, y ello dificulta a los venezolanos el poder huir de su país. Sin embargo, como habrán sido las similitudes históricas que, en 1821, en la ciudad conocida como Villa del Rosario, ambos países ensayaron el sueño bolivariano: constituir una sola república conformada por Venezuela, Colombia y Panamá.

Hoy en día, como hemos dicho, Venezuela es una inmensa cárcel, una prisión que ha restringido el comercio entre Cúcuta (Colombia) y las ciudades venezolanas de Ureña y San Antonio, en el estado Táchira, y la libertad de tránsito de los ciudadanos de ambos países. Esta situación afecta a millones de venezolanos y colombianos que comparten historias personales, lazos económicos y familiares.

Venezuela es un narco – estado. Y, así como en el pasado, Colombia estuvo sumida en el caos, en la violencia terrorista de las FARC y sometida por el narcotráfico, hoy el régimen venezolano – asesorado por los podemitas en tiempos de Hugo Chávez – no sólo ha provocado una crisis diplomática sin precedentes con su vecino país, sino que castiga, hasta límites insospechados, a esos millones de personas que, desde tiempos de la colonización, han establecido lazos diversos, e incluso políticos, cuando el gorila Chávez incentivó la radicación de colombianos “pobres” en Venezuela, concediéndoles la nacionalidad, a cambio de su voto. Algo que recuerda los manejos espurios del kirchnerismo respecto a ciudadanos paraguayos a quienes, facilitándoles un documento nacional de identidad argentino, les hacían cruzar la frontera para que emitieran su voto al candidato oficialista.

Mientras Colombia tiene una inflación de un dígito, Venezuela registra tres dígitos; mientras 1 dólar equivale a 3,182 pesos colombianos, 1 dólar equivale a 6,3000 bolívares venezolanos, y mientras la tasa de variación anual del IPC en Colombia ha sido del 6,4%, la inflación en Venezuela ha superado el 100%, aunque las previsiones del Bank of America, la sitúan en torno al 200%. Y esta situación ha provocado una crisis alimentaria sin precedentes en Venezuela, con comercios de alimentación “sin alimentos” y con el florecimiento de un mercado negro que suministra arroz, azúcar, leche o harina a los ciudadanos venezolanos. A ello contribuyen los denominados “bachaqueros”, esto es, personas que realizan largas colas ante los comercios para comprar alimentos con sus cartillas de racionamiento, para luego revenderlos a un precio elevado en el mercado.

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Hoy los esbirros de Maduro controlan férreamente la frontera, y han hecho de la corrupción, de los sobornos y de la represión su labor diaria.

Maduro ha convertido a Venezuela en la mayor prisión de América Latina, aún peor que Cuba, y en el mayor despropósito económico del continente, convirtiendo a Venezuela en un país donde se regala la gasolina (0,02 dólares por litro) pero donde no hay pan, ni leche, ni alimentos básicos.

Ante ese menosprecio y violación de los derechos humanos perpetrada por el régimen de Maduro, que ha generado una crisis humanitaria sin precedentes en la frontera entre ambos países, los gobiernos democráticos de América Latina deberían aislar al chavismo internacionalmente, condenándolo en todos los foros y organismos regionales e internacionales.

Venezuela está sumida en un caos económico y político sin precedentes. El régimen mantiene diversos tipos de cambio oficiales y, mientras que según la tasa oficial más económica el salario mínimo es de 1000 dólares mensuales, según la tasa oficial más alta equivale apenas a 37 dólares. No existe libertad económica, cualquier venezolano debe soportar una burocracia asfixiante para adquirir moneda extranjera o viajar al exterior, si es que tiene la fortuna de poder adquirir billetes de avión, que sólo pueden pagarse en divisa extranjera.

Naturalmente tampoco pueden adquirirse bienes de consumo por plataformas virtuales que superen los 200 dólares anuales, y siempre que el ciudadano tenga una tarjeta de crédito de un banco estatal.

La violencia, la inseguridad ciudadana y los homicidios son el rasgo característico de la cotidianeidad. El índice de homicidios ha pasado desde 79 cada 100.000 habitantes, en el año 2013, a 90 muertos por cada 100.000 habitantes, cerrando el año 2015 con una cifra próxima a los 27.875 homicidios.

Salvo Venezuela y El Salvador, la tendencia de toda la región ha sido a la estabilidad o disminución en el número de homicidios. Y si en toda América Latina y el Caribe se produjeron unos 145.000 homicidios en todo el año 2015, uno de cada cinco de ellos se ha producido en Venezuela.

Chávez, el analfabeto funcional, asesorado por Juan Carlos Monedero, sigue presente en las calles, en vallas publicitarias y en todos los espacios públicos.

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Pero en esas calles y en esos espacios públicos, no hay libertad, no hay seguridad, no hay democracia, no hay alimentos básicos ni medicamentos; pero si existe represión, homicidios y control férreo de la privacidad, de la cotidianeidad ciudadana y hasta de las comunicaciones personales.

El régimen de Maduro se dedica a acusar a todos los opositores y gobiernos extranjeros de los males que ese régimen ha provocado. Hace apenas unas horas el gobierno venezolano ha condenado al periódico argentino “La Nación”, por criticar a Maduro acusándole de no reconocer su derrota electoral e intentando desviar la atención hacia Venezuela, mientras – según la visión del régimen – el nuevo gobierno argentino adopta medidas neoliberales para poner fin al legado kirchnerista.

Pero lo cierto es que Maduro no sólo pretende desconocer el resultado de las pasadas elecciones – que otorgaron la mayoría política a la oposición -, sino que ha incoado un auténtico golpe judicial para evitar que asuman sus actas de diputados algunos opositores.

Maduro ha resucitado a la checa, ayudado por asesores cubanos y ha destrozado la economía venezolana, asesorado por políticos españoles, ligados a Podemos.

Presos políticos como Leopoldo López, líder del partido socialdemócrata Voluntad Popular, han sido condenados sin pruebas, e incluso el fiscal Franklin Nieves – quien le acusara durante su farsa de juicio – optó por huir con su familia a Estados Unidos de Norteamérica, donde reveló la falsedad de las acusaciones contra López y contra otros condenados por el régimen.

Maduro y su narco – estado continúan desangrando económica y políticamente a su país. El denominado “Cártel de los Soles”, cuyo jefe sería el ex general Diosdado Cabello, presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela y número dos del chavismo, controla los resortes del poder y más de una veintena de dirigentes políticos del régimen tienen pedido de captura internacional por sus implicaciones con el narcotráfico.

Y esa gran prisión latinoamericana sigue siendo admirada por los dirigentes de Podemos, quienes la presentan como ejemplo de democracia y de progreso, pretendiendo ocultar la única realidad: que Venezuela es una gran prisión gobernada por asesinos y narcotraficantes, disfrazados de pseudo revolucionarios, a los que cualquier demócrata ha de oponerse si no desea que su país se vea transformado en otro Estado – prisión.

Pues, como dijera Cicerón, “La libertad no consiste en tener un buen amo, sino en no tenerlo.”

Los ciudadanos no necesitan amos, ni peudo paraísos libertarios. Comprenderlo y asumirlo es el desafío de todos y la urgencia de los tiempos que vivimos.

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