Lecciones de la Insurrección del 34 contra la República.

Andres Nin

“Excepto de la gloriosa insurrección de Asturias, al proletariado español le ha faltado conciencia de la necesidad de la conquista del poder. Allí donde el Partido Socialista gozaba de más influencia, la clase obrera no había recibido las enseñanzas que el partido revolucionario del proletariado tiene la obligación de infiltrar en la conciencia de las masas populares. Los anarquistas no secundaron el movimiento por su “carácter político” y porque no establecían distinciones entre Gil Robles, Azaña y Largo Caballero. Por eso era necesario un partido que, interpretando los intereses legítimos de la clase obrera, se esforzara en constituir previamente los organismos del frente único, con el fin de conquistar a través de las Alianzas Obreras, la mayoría de la población. Le ha faltado al ejército revolucionario un estado mayor con jefes capaces, estudiosos y experimentados. SIN PARTIDO REVOLUCIONARIO, NO HAY REVOLUCIÓN TRIUNFANTE. Esta es la única y verdadera causa de la derrota de la insurrección de octubre. Que no se atribuya este fracaso a la traición de los anarquistas, con los cuales no se había contado, ni a la deserción de los campesinos, mal trabajados por la propaganda, ni a la traición evidente de los nacionalistas vascos y catalanes, temerosos por el cariz que tomaban los acontecimientos, que sobrepasaban sus intenciones democráticas. El partido revolucionario de la clase obrera tiene la obligación de prever estas contingencias, con el fin de obrar, como es menester, antes y después de producirse.

A pesar de todo, este fracaso no significa que el movimiento obrero esté liquidado. La clase trabajadora ha sido vencida, pero no eliminada, con la particularidad de que el movimiento ha permanecido intacto en la mayoría de las poblaciones españolas, porque la clase obrera se ha mantenido a la reserva sin agotarse. El proletariado español se ha enriquecido con una experiencia más, que si se analiza en todos sus aspectos con espíritu crítico y sin tratar de justificar actitudes fracasadas, redundará en provecho de la causa revolucionaria, como también demostrará el fracaso de dos ideologías que tienen las mismas raíces económicas: del reformismo y del estalinismo, como ideologías de la pequeña burguesía burocrática.

El tiempo de la contrarrevolución es pasajero, a costa de la destrucción de todas las ilusiones y de todas las esperanzas que la revolución española habrá hecho concebir a los obreros españoles. Pero este triunfo no ha conseguido, ni conseguirá, conciliar aquello que está separado por un profundo antagonismo de intereses; no podrá unir a la clase obrera con la burguesía y sus aliados. La oligarquía dominante espera llevar a feliz término sus planes explotadores, inhabilitando las asociaciones obreras que han tomado parte en el movimiento, revisando la Constitución, derogando las leyes sociales vigentes y creando dificultades a la organización sindical y política del proletariado. Aspira a un Estado corporativo, más o menos definido; pero, por ahora, no se atreve a poner fuera de la ley a los partidos políticos del proletariado, porque el fascismo español está falto de masas y de jefes, y no supo aprovecharse de la descomposición intensa que se inició en los primeros momentos que siguieron al fracaso, sin que llegasen a producirse mayores males. Ahora el movimiento se ha reanudado, la clase obrera se siente confiada y optimista y las posibilidades fascistas son menores.

La contrarrevolución sigue temiendo a la revolución, porque sabe que ha sido vencida y porque, además, hay tres grandes problemas que no admiten aplazamiento. La libertad que anhelan las nacionalidades oprimidas y las mejoras de los proletarios y campesinos españoles no las puede otorgar la oligarquía dominante, porque implicaría su derrota. El pan que pide el ejército de los sin trabajo no lo puede dar el Estado burgués agrario, porque la penuria es el resultado de su política explotadora. La tierra que reclaman millones de campesinos no quieren entregarla los terratenientes, lo mismo que se niegan a conceder todo aquello que signifique un ataque a la propiedad privada, base de su dominación.

Si no tuviéramos la seguridad de que el movimiento de la clase obrera hacia un fin ideal, aunque haya sufrido un retroceso, no es una tarea de hacer y deshacer, la Izquierda Comunista no reclamaría el lugar que le corresponde en las tareas de reagrupamiento y de reorganización, difíciles, pero no imposibles, y de resultados prácticos indudables en el marco de un Estado en descomposición y en la órbita de una revolución que no ha llegado, ni mucho menos, a su última etapa. Si sólo nos fijásemos en los fracasos que ha experimentado el movimiento obrero durante estos últimos años, decaerían nuestra moral y nuestras convicciones. Pero son precisamente estos fracasos los que vienen a confirmar la teoría marxista con tanta o más insistencia que las victorias obtenidas.·

Andrés Nin, Publicado en L´Estrella Roja, 1º de Diciembre de 1934

 

Es sabido que las izquierdas, dirigidas por “minorías iluminadas”, no suelen aceptar formar parte de la oposición, pues su pretensión es detentar todos los resortes del poder. Y que habiéndolo tenido, y perdido en legítimas elecciones, no suelen aceptar en buenos términos su rol de oposición.

Esto aconteció en España en 1933, cuando las candidaturas centristas y de derechas triunfan en las elecciones de noviembre de ese año, hecho que provocó que las izquierdas abandonasen la vía parlamentaria para alcanzar el socialismo, optando por la vía insurreccional armada.

Dicho cambio de orientación fue liderado por Francisco Largo Caballero y se concretó en el desalojo de Julián Besteiro (socialista moderado) de la comisión ejecutiva de la UGT, en la acumulación, por Largo Caballero, de los cargos de Presidente del PSOE, Secretario General de la UGT y líder de las Juventudes Socialistas. Con esa suma de poder político, se formó una Comisión Mixta presidida por él mismo y que integraron dos miembros del PSOE, dos miembtos de la UGT y dos de las Juventudes Socialistas, a efectos de organizar una huelga general revolucionaria y el movimiento insurreccional armado.

La acción incluyó la formación de grupos de sabotaje de servicios que beneficiaban a los ciudadanos, como la electricidad, el gas o los teléfonos, constituyéndose milicias y adquiriendo armas que fueron almacenadas en la Casa del Pueblo de Madrid, en la Ciudad Universitaria y en Cuatro Caminos.

El PSOE, tras la formación del nuevo gobierno por Alejandro Lerroux, incluyendo a tres ministros de la CEDA, convocó a una huelga general revolucionaria (contra el mismo Gobierno de la República) que se inició el 5 de octubre de 1934; y que se extendió hasta el 12 de ese mismo mes.

Se estima que, en los quince días de revolución, y principalmente en Asturias, hubo en toda España entre 1500 y 2000 muertos, de los que unos 320 eran guardias civiles, guardias de asalto, soldados y carabineros; y unos 35 sacerdotes. La ciudad de Oviedo quedó prácticamente destruida y estos sucesos, según Nin, constituyeron una “gloriosa insurrección”.

Otra lección de cómo la izquierda española interpreta la historia.

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